
No quiero presumir, tan sólo quiero relatar uno de los sucesos más bellos de mi vida. Quien pueda subir al Cerro Chirripó antes de morir, hágalo.
Como casi todo lo que sabe bien, cuesta. Es cierto, todo comienza con querer: "Quiero ir al Chirripó", pero antes de simplemente "hacerlo", hay que buscar espacio y reservar (lo más difícil), buscar dónde alojarse, pensar en cómo ir, qué llevar, que qué tipo de zapatos, que cuántas bolsas plásticas, que cuántas cobijas. Es la parte engorrosa, que no sólo toma tiempo, sino también algo de dinero (si quieren una lista de tips completa, me avisan y se las paso...).
Estamos "listos". Tras algunas horas de viajar hacia San Gerardo de Rivas y registrarnos el miércoles, cenamos y nos acostamos temprano, sí, para levantarnos temprano también. A las 3:30 am del jueves sonaron las alarmas. Pretendíamos comenzar a caminar a las 4 de la madrugada, pero duramos muchísimo alistándonos, por lo que salimos casi una hora más tarde. Pero bueno, al menos aún no era de día (esto en realidad fue un problema).
La entrada hacia la primera parte del sendero (el Termómetro, sugestivo nombre) está a la derecha del camino principal. Eso nadie nos lo dijo, y si nos lo dijeron no lo escuchamos. Nuestras linternas apuntaban hacia el suelo en la oscuridad, por lo que nunca vimos el grandísimo rótulo del Termómetro. En efecto, nos perdimos por casi una hora, dentro de la reserva Cloudbridge. Y para devolvernos, por el cansancio, duramos una hora y tanto. Después de más de dos horas de caminar, sudados, bastante cansados, estábamos en el kilómetro CERO. Por un momento hubo frustración, pero el camino está para caminarlo.
Pasaban los kilómetros. Unos mas duros que otros, pero suaves sólo 2, muy aislados entre sí. Cada marca de kilómetro daba más esperanzas de que podríamos llegar a pesar del garrafal error inicial. En cada una de ellas había una parada obligatoria, y en el refugio a los 7,5 kilómetros, una más larga para tomar fuerzas. La Cuesta del Agua (larguísima), el Monte Sin Fe (sí, gracias) y la Cuesta de los Arrepentidos (de lo que quiera). Llegamos al refugio con una fuerte lluvia encima desde el kilómetro 9 y con un retraso de unas 4 horas. 11 horas caminando en total. Pero llegamos, a descansar. El refugio es un lugar bastante frío y no tiene agua caliente.
La segunda ronda. Todavía era jueves, y pore lo que nos había ocurrido ese día por la mañana, preguntamos a uno de los voluntarios del Parque cuáles formas había para llegar al Chirripó. "Camino inteligente sólo hay uno, ahí usted sale para la izquierda", fue la respuesta. Insistí, no quería cometer errores. "Sólo hay un sendero para el Chirripó".
Viernes, de madrugada. Salimos a las 3 30 am. Oscuro, frío, poco oxígeno. Teníamos en mente que sólo habría un sendero. Al salir del refugio, de frente, aparece un rótulo que indica un sendero: "Crestones, Cerro Terbi". A mí me parece extraño que no diga "Chirripó". Mi hermano recuerda que un amigo suyo "algo" había dicho con esos nombres. Yo prefiero no arriesgar, me devuelvo, pero no veo ningún rótulo más. Mala suerte: el viento se había traído abajo uno inmenso que decía "Chirripó" en otra dirección.
Subimos Los Crestones. Seguimos. Una del grupo tenía falta de aire. Todos teníamos prisa por llegar a algún lugar alto para ver amanecer. Alguna ropa estaba mojada del día anterior. El sendero se nos perdió en algunos tramos y no veíamos a nadie más caminar. Pero seguimos. Tras todo el esfuerzo, cruzamos los Crestones y llegamos al Cerro Terbi para ver amanecer allí. Fotografías, videos. Allí se nos dibujaron los mejores azules y naranjas y las mejores vistas del Océano Pacífico. Nos apareció el Volcán Turrialba humeante e imponente y nos emocionamos. Hicimos la firma en el cuaderno de quienes lograron llegar a ese lugar que, en altura, está a sólo 60 metros del Chirripó. Sin embargo, no era esa la distancia que faltaba para subir al lugar más alto de Costa Rica.
Haría falta bajar y subir de nuevo para llegar al Cerro. Debíamos llegar al Valle de los Conejos (¿De qué conejos hablas?) descendiendo por el sendero Guardianes de las Aguas Eternas. Ya allí, faltarían 3 kilómetros más. Como el Chirripó nunca aparece en las fotos del Parque (siempre ponen Los Crestones), pensábamos que estábamos viéndolo. Pero tras terminar una subida, apareció. Imponente por su tamaño. A lo lejos, en la punta, ondeaba una bandera costarricense.
Después de caminar, escalar, respirar fuerte en cada paso y sufrirlo, llegamos. Aunque a la hora de nuestro arribo estaba completamente nublado, allí uno se da cuenta de que todo el camino es impresionante. De cualquier manera, mi novia insistió en esperar hasta media hora para que se despejara. Al minuto 29, el milagro ocurrió y pudimos ver los lagos y valles de alrededor, junto a las otras filas de montañas que cortaban el aire. Firmamos con nuestros nombres y tomamos más fotografías, muy satisfechos.
Aunque nuestro objetivo principal estaba cumplido, faltaba una parte que a veces no parece tan importante: la bajada. Es más de la mitad del trabajo, estás cansado y aunque ahora vas con la cabeza fría, quizá ya no hay tanta ilusión. Pero también hay más paciencia, por lo que, por ejemplo, podés tomar mejores fotos y observar más detalles.
En lo personal, es lo mejor que he visto en toda mi vida. Estar allí arriba es respirar aire puro, seguir subiendo sin entender de dónde provienen las fuerzas, entrar en contacto con la vida verdadera, el fin y el medio. Yo que creo en él, también estuve muy cerca de Dios. Había paz y alegría, principalmente por haber llegado allí con las personas que me acompañaron. Las imágenes no captan ni un décimo de lo que es ese lugar. Allí se aprende, se valora, se entiende, se sufre y se disfruta. Al tiempo que nosotros subíamos, subía un señor de 69 años a quien habían operado 7 meses atrás del corazón. Quienes puedan ir al menos una vez en su vida, háganlo. No se arrepentirán. Ese hombre lo sabía.