Paz a Vosotros

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Los dos disparos dirigidos hacia las vigas de madera que sostenían el techo del templo hicieron gritar y temblar a toda la feligresía. El ambiente tierno y celestial de primera comunión se vio de repente interrumpido por aquellas detonaciones. El celebrante (de seguro el más temeroso de todos) había derramado todo el vino sobre su casulla verde y se encontraba ahora hecho un ovillo bajo el altar, sin pensar por dónde habría rodado el cáliz sagrado. Talvez tener la sangre de Cristo “derramada” sobre sí mismo le habría ayudado en aquel momento, pero nunca se había visto a un sacerdote bendecir vino en tela, lo común era hacerlo en un copón, de metal.

Nadie en absoluto entendía lo que acontecía. Reinaba el caos. Los seis niños y las cinco niñas de blanco, hacía unos minutos listos para saborear el manjar del Señor por primera vez, estaban ahora agazapados sin saber dónde diablos meter sus once candelas blancas.

Una detonación más, seguida de un “¡Silencio!” calló a toda la multitud; unos huyeron, otros hacían el intento de salir y la gran mayoría se revolcaba entre las bancas.

Entonces, desde el costado del templo del que provinieron los disparos, apareció una pareja: un hombre y una mujer (porque hombre y mujer los creó). Ella tomó posición sobre la pila bautismal, usándola a modo de podio, mientras empuñaba en su mano derecha el arma antes activada. Se dirigió a aquel pueblo arrodillado ante ella:

- Paz a vosotros, mis queridísimos hermanos...

Diciendo tales palabras, se quedó en silencio, como esperando una respuesta. Y efectivamente, la esperaba.

- ¡Qué falta de fraternidad, mis hermanos! Dije “Paz a vosotros”, esperaría que me respondieran por cortesía al menos. Vamos, de nuevo – ahora aclaraba su garganta -. ¡Paz a vosotros!

Como era de esperarse, en lo absurdo del pedido, no pasaron de tres o cuatro los feligreses que devolvieran una moribunda frase de paz.

- Pues bien, parece que nos saltaremos las formalidades debido a su falta de fraternidad. ¡Qué poca fe!

A esto, también con un arma en su mano, tomó la palabra el hombre, sin subirse a ningún lugar de importancia.

- ¡Hermanos y hermanas! Con el perdón de ustedes, nos vemos obligados a adelantar ligeramente la colecta de este sagrado día. ¡Pero tranquilos! Esta vez será flexible. Podrán utilizar cualquier tipo de objeto de valor que quieran dar a Nuestro Señor en ofrenda por sus favores. - y señalando a los niños vestidos de blanco – Dado que hoy es su día de honor, la colecta será llevada a cabo por estas almas de Dios que harán su primera comunión. ¡Vamos!

En tanto, el sacerdote se asomó por un lado del altar y, si bien había logrado escuchar todo, cuando observó directamente aquella escena cayó desmayado. El olor a alcohol no le ayudó demasiado.
Los once niños, siendo ordenados por la pareja, fueron levantándose poco a poco, llorosos, mocosos y sucios, para comenzar a tomar las bolsas que la pareja misma les iba dando. Pero sólo había diez bolsas. El último niño, Raúl (uno de los que más había costado que culminara su catequesis de Primera Comunión), se quedó observando a la pareja, sin saber exactamente qué hacer.

- No hay más bolsas, niño, pero use una de esas que se usan siempre aquí en la Iglesia. Ocúpese de la plata nada más. Vaya.

Sin decir nada, Raúl giró hacia el otro costado, donde estaban esas bolsas de tela con las que casualmente se hacía la colecta. Justo al lado de ellas, había un candelabro, con cirios de diversos tamaños encendidos por la llama bendita. La mirada de Raúl se posó allí. Mientras todo mundo estaba reuniendo sus objetos para dárselos a la pareja, Raúl podría tomar una vela e iniciar un ataque silencioso contra ellos. Claro, prenderle fuego a la chaqueta del hombre desde atrás. Raúl, el salvador de la iglesia; Raúl, quemando herejes como en los tiempos de la inquisición; Raúl, haciendo proezas con fuego, como las hicieran los héroes conocidos en su escolaridad.
Raúl tomó un cirio que en realidad le pesaba como un yunque; igual, no era hora para las dudas. Sin embargo, en su emoción y ganas de triunfo épico, Raúl no fue silencioso y, por el contrario, se abalanzó encarrerado alzando la flama pretendiendo quemar a sus oponentes. A ese ímpetu se devolvió una bala que estalló contra su frente, al tiempo que le regresó el sueño.



(A lo lejos) “¡Hijo, hoy es tu primera comunión, levantate!”. Raúl hizo caso omiso de la llamada de su madre. Hoy no quería ir. Hoy no.
(Más cerca y fuerte) “¡Que te levantés! ¡Hoy es tu primera comunión!”. Raúl seguía bajo sus cobijas. Tenía miedo. No comprendía que Dios no ayudara a los que luchaban contra el mal, ni siquiera en sueños.
(Tras abrirse la puerta, haberse levantado las cobijas y tironeado la oreja de Raúl) “¡Ya! ¡Te levantás! ¡Pa'l baño de una vez!”. Bueno no, no había que comprenderlo. Ya se había resignado. Raúl entró y salió del baño y, sin desayunar, partió hacia la Iglesia.

Una sonrisa para la foto. Qué hermoso día me has regalado hoy, Señor.

Liberado

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Tras la exposición que me había quitado el sueño en los días finales (reduciéndolo a sólo hora y media en el último), alisto mis cosas dentro de mi bulto con la paciencia de una victoria que no se grita, que se vive con una sonrisa silenciosa. La llamo a ella; me dice que no necesitará mi ayuda por ahora, será talvez en algunas horas: será una compañía sólo vía internet y teléfono, pero hará los momentos cansados más agradables y risibles... muy risibles.

En tanto, sin nada que hacer, bajo las gradas hasta el primer piso de mi facultad y me dirijo hacia la entrada. Observo (de nuevo, pacientemente) cómo el cielo, resistiéndose a anochecer, pasa por esos azules oscuros que quieren convertirse en negros, mientras las luces eléctricas de la plaza delante de mi facultad se encienden muy tenuemente en naranjas de diversos tonos.

Camino hacia el centro de la plaza. Se escuchan risas, cuyos ecos se extienden en soledad entre los árboles y el plano de esa rectangular plazoleta.

Tomo asiento en una de las bancas laterales. Me quito mi bulto, que decido ahora usar como almohada. Estiro mis brazos, muevo mi cabeza de lado a lado en semicírculos y, en una especie de simbolismo triunfal, decido echarme a dormir en una banca justo frente al lugar donde, pensando en una inversión para el futuro, usé el tiempo de los anteriores 4 meses sentado escuchando conceptos, viendo diagramas, animando, investigando y luchando por no caer ante las garras del sueño. Me escucho respirar, cierro los ojos, me libero entre dormitar y mirar el cielo en silencio. Usar una hora haciendo "nada" dentro de la universidad es un lujo que nunca se repetirá. Al menos nunca de esta forma.