De rayos y agua

Llueve tempestuosamente. Algunos sistemas eléctricos intentan resistirse pero la gran mayoría ya cedieron ante la rayería. Así, a través de la mojada ventana se observan muy pocas luces de tungsteno aún encendidas. La mayoría es oscuridad.

El autobús, queriendo parecer un navío, lucha contra el agua que debe surcar. Pero no sólo contra ella: cientos de automotores se intimidan ante lo que los rodea y se intentan defender con sus bocinas. Pero no lo logran. Un nuevo relámpago les calla sin reparos. Casi no logran moverse, simplemente tiemblan agazapados esperando una nueva oportunidad de caminar unos cuantos centímetros.

Cuando el vehículo avanza lo poco que puede, logran entenderse algunos restos de luz que en la lejanía dejan percibir su movimiento. Pero eso que se esconde, se ilumina a cada resplandor momentáneo que aparece. Cada rayo blanco exhibe un cuadro irrepetible, un rostro único de aquel paisaje, cuya imagen sólo habrá de retenerse en esa forma por cada cerebro (y no por cada ojo, como pensarían algunos). Son casi fotografías melancólicas que pueden guardarse para siempre a pesar de ser tomadas, reveladas y quemadas en un mismo momento.

Todo ese ritual natural, me hace salir de mí por algún tiempo, pero al volver en mí me recuerda lo bueno de estar de este lado de la ventana, para después ponerme a pensar en el momento de estar al otro que pronto llegará. Una vez allí, me doy cuenta: ya el resplandor no viene desde ningún lado, viene de todas partes, me envuelve y me hace escalofriar. Cambia absolutamente todo de color por un corto instante y más tarde le hace compañía al sonido de "cállate" que emite la lluvia.

Yo hago caso, cierro la boca y sonrío. De cualquier manera tuve la suerte de estar a ambos lados de la ventana y de coleccionar las fotos que nunca, nunca más se repetirán.

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