Siempre igual

Él se despertaba temprano todos los días a causa del frío. Sus ojos se abrían siempre antes que los de su madre, por lo que, tras intentar despertarla, salía de entre los cartones y veía a la ciudad amanecer sin salir de las inmediaciones de la abandonada estación del tren. Con solo 7 años, a esa hora tenía poco que hacer: "escuela" no era una palabra que utilizara mucho, y su madre no lo ponía a trabajar sino hasta avanzada la tarde. Así que se ponía a juguetear con una bola de jackses -que se había encontrado un día de tantos- mientras sentía el viento en la cara y observaba cómo más y más caminantes empezaban a pasar frente a sus ojos. Todo era siempre igual, ya lo tenía "calculado", aún sin saber qué hora era exactamente. Mami se levanta un rato después de salir del sol, pensaba, pero un ratito después de que pasa la gente. Se trataba de quienes necesitaban hacer transbordo de los buses regionales a los buses hacia la capital. A él le hacía gracia que, como caminaban contra el sol tempranero, todos iban con la cara arrugada, como si se hubieran puesto de acuerdo para parecer todos enojados. Tenía memorizado cuántos grupos pasaban y sabía que, tras cinco o seis puñados de personas, era normal que pasara la muchacha que le había llevado una vez a comer una hamburguesa con queso. Se viste bonito, podría haber dicho, y en la mañana siempre anda apurada. Una vez que él intentó llamarle la atención a través de las oxidadas mallas, ella tuvo un pequeño sobresalto y se alejó. Así que él prefirió solamente mirarla caminar al frente sin siquiera moverse del pretil donde se recostaba. La joven ya lo había olvidado, de cualquier manera. Y así, todos los días, siempre lo mismo. Un día oyó decir a su madre muy enojada que cómo es posible, ese montón de hijueputas de aquí no nos sacan, ese tren por aquí no pasa, esto no lo remodelan ni a putas, cómo, tranquila nada, que coman mierda, tantos años sin tren y ahora nos quitan como si nada. Como la vio con tanta cólera no le preguntó qué era lo que pasaba y siguió en sus días sin cambio alguno. Tres días después, en la madrugada, llegaron unos hombres altos vestidos de azul a despertarlos a él y a su mamá, que peleó y gritó a más no poder. Ambos terminaron en una perrera junto con otras personas. Él, sin recibir daño físico alguno, se recostó, triste, en el costado de su madre agitada. No llore, guila, ahí encontramos otro lugar dónde meternos. Él no estaba triste por eso. Estaba triste porque en el trance perdió su bolita de jackses y porque ya no vería más a la muchacha de las mañanas y quizá solo podría recordarla en su cabeza, aunque ella no lo recordara a él.

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2 comentarios:

vanessa dijo...

Buenísimo cuento!

Simón dijo...

Gracias!

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