Hablando en plan (fiscal): la vía rápida

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Los planes fiscales... tienen rivales. Por eso, Laura Chinchilla nunca habló de impuestos en su campaña, aunque sabía que sus "empujadores electorales" habían dejado chingo al Estado. Pero ahora se trae el plan fiscal, para el cual necesitaba un aliado político: apareció el PAC, "liderado" por Ottón Solís.

Algo particular en este tema es que la oposición va un poco más allá de la que suele tener el aumento a un impuesto. Muy diferentes sectores (unos que se esperaría, otros no tanto) se han unido bajo la sombrilla del "No al Paquetazo Fiscal". Por eso mismo, me interesa irle dando una revisada: jamás diremos que sea "a fondo", pero sí con los elementos que podamos tener a mano. El tema del plan fiscal tiene muchos puntos, así que iremos por partes, en diferentes posts. Primer tema: la vía rápida.

Detrás de cada churchill

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Kiosco del Churchill. Por Simón Avilés. (Click para agrandar)

En estos días de lluvia, me puse a revisar algunas fotografías de aquellos tiempos en que salía el sol. De agosto de este año, salió esta fotografía de una visita familiar de un día a Puntarenas, el hogar de los tradicionales Churchills. A decir verdad, me esperaba la imagen de señores o señoras detras de las barras de los kioscos que no visitaba hacía más de una década. Pero mi sorpresa fue la obvia: eran personas de mi edad. Tras intercambiar algunas palabras con ellos (no tuve tiempo de más), decidí hacer esta imagen, que personalmente me parece muy interesante.

Siempre me pregunto cómo son o viven las personas que están detrás de cada cosa que uso, como, etc. Quizá de manera algo ilusa, a veces me gustaría que la relación no fuera solo económica. Sin embargo, cuando se puede ver ese rostro, la sensación es distinta. Le da otro sentido a ese objeto. Aunque sea por un día, ves una pequeña parte de esa otra historia, diferente, que se cruza con la tuya y que, al fin y al cabo, nunca es tan lejana.

Buscando el código fuente

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Si me preguntan, "¿qué es lo que más influye en las personas a la hora de escoger una profesión?”, yo digo: la niñez que tuvieron. Tal vez para muchos la respuesta sea obvia, pero no me había puesto a pensar bien en eso hasta hace poco, cuando alguien me preguntó cuándo fue la primera vez que programé. Como ya se habrán imaginado, estudié computación, y desde que me gradué mi trabajo ha girado en torno a las computadoras. Indirectamente, son las responsables de que yo pueda tener un lugar dónde vivir y algo qué comer.

Se puede considerar a la acción de programar como una relación un poco "íntima" con las computadoras, es decir, la mayoría de la gente no lo ha hecho y nunca lo hará. Muchos dependemos de esa tecnología para vivir la vida que gozamos, pero poca gente sabe o le interesa saber cómo funciona. Por eso la opinión pública convierte automáticamente a una persona que programa en un geek, nerd, computín, ñoño y similares.

En fin, dada la pregunta que me hicieron, hice memoria para recordar ese primer contacto. Yo mismo me sorprendí un poco de la respuesta. Mucha gente aprende a programar en el cole o incluso cuando entran a la U. Lo mío fue antes. En la década de los 80, yo vivía en un barrio medio bonito de Quepos. Un pueblo costero en el Pacífico que quedaba a cinco horas de San José. Era muy diferente a vivir en la capital: no se veían los mismos canales de tele, no se escuchaban las mismas emisoras, por lo tanto hasta la música era diferente y todo era otra cosa.

En ese mundo, hasta cierto punto aislado, vivía yo. Tenía como seis años cuando mi papá regresó de un viaje a San José con un pedazo de tecnología: una computadora Apple IIc. Yo quedé maravillado: comparada con la estética cuadrada de los electrodomésticos ochenteros, esta computadora parecía traída del futuro.
Las Apple II fueron una serie de computadores desarrollados por Apple desde los años 70. Precursoras, digamos, de las Macintosh (hoy conocidas como iMac). Por ello, compartían muchas de sus características. Tenía mouse, joystick, paddles, unidad de diskette, impresora y un glorioso monitor monocromático verde. Así aprendí a dibujar en paint, a jugar, imprimir tarjetas, a usar la tortuguita y a ver lo que hacía mi papá. Lo que más me gustaba eran los juegos -eso no ha cambiado mucho-, pero el problema era que, dado que la tienda de tecnología más próxima estaba a 157 km de distancia, los juegos eran pocos y limitados. Por supuesto, un niño de seis años los consumía en un abrir y cerrar de ojos.

Pero mirar a mi papá fue la clave aquí. Mi papá siempre ha sido muy autodidacta, y con la compu no fue la excepción. Se consiguió libros sobre programación y un intérprete del lenguaje Basic. Entre los libros había uno que consistía en líneas y líneas de código Basic con diferentes programas listos para ser digitados y ponerlos a funcionar. Cuando mi incesante flujo de preguntas infantiles llegó al tema de lo que él estaba haciendo, no le quedó más remedio que explicarme lo que hacía. Así aprendí que un código fuente era lo que estaba detrás de los juegos que usaba. Lo mejor de todo fue cuando descubrí una sección entera de ese libro dedicada a juegos. La siempre inocente y libre mente de un niño se imaginó cosas asombrosas cuando leía títulos como "Carrera de autos" o "Guerra Naval".

Manos a la obra. Me propuse iniciar la labor de pasar alguno de esos juegos, empezando con el más corto, claro, para no cansarme mucho escribiendo ese montón de signos raros que no tenía una idea de qué significaban. Seguí al pie de la letra los pasos de mi padre para poner a funcionar el programa, y voilá, tuve un juego nuevo. Este era poco entretenido y lo peor era que no había dibujos, sólo texto, lo que me decepcionó por completo y continué con otro. Repetí lo mismo varias veces, obtuve el mismo resultado y conocí a la odiosa frase "SYNTAX ERROR". Desde ahí empezaron a irritarme estos aparatos.

Finalmente llegué a la conclusión de que lo bueno del juego estaba relacionado con la longitud del código, y escogí uno de los más largos. Después de horas y horas de arduo tecleo, terminé y no funcionó, no tenía sentido lo que aparecía en la pantalla. Seguramente había cometido tantos errores en la transcripción del código que resultó un desastre. Totalmente frustrado, decidí no volver a pasar los juegos del libro, duraba demasiado haciéndolos y eran horribles. La siguiente vez que volviera a escribir código fuente sería hasta que entrara a la universidad, una década después.

Tal vez porque en realidad el código no era obra mía se podría decir que no estaba programando. Pero algo de crédito merezco por haberlo hecho ante tal necesidad de juegos nuevos. Definitivamente, este primer encontronazo me influenció para lo que soy hoy. Y no sólo eso, sino haber sido, tan joven, usuario de una tecnología que se convirtió en un estándar años después.

Es por eso que comprendo que la niñez es la época que marca lo que cada persona va a ser en la vida. Si mi papá no hubiera sido tan curioso con las computadoras, ni hubiera hecho el esfuerzo que hizo para tener esa tecnología y compartirla con sus hijos, sin duda yo sería una persona completamente distinta.

Las palabras correctas

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Las palabras que escogemos, ¿Cambian el contenido de nuestras frases? Elegir unas u otras palabras para externar lo que decimos depende de muchas cosas. Esa elección, en la mayoría de los casos, la hacemos automáticamente y casi sin meditarlo, dependiendo del momento, la persona, la intención, etc. No hablamos igual durante una entrevista de trabajo o en una salida de viernes por la noche con compas. El que esa elección exista (sea o no pensada) tiene razones lógicas: el lenguaje nos posiciona, dice quiénes somos, qué pensamos sobre lo que hablamos, cómo queremos ver el tema y cómo queremos se vea.

Curiosamente, a quienes pertenecemos al área de las ciencias sociales, muchas veces nos critican por promover el uso de una u otra palabra en específico para algún tema. Se nos dice que usar cierta palabra "no cambia nada", porque, por ejemplo, mencionar a las mujeres en el lenguaje cotidiano no quita las desigualdades o porque decir "indios" da lo mismo que decir indígenas. Pues bien, decir que la palabra "no cambia nada" va en contra, si se quiere, de la misma naturaleza de la persona: eso que involuntariamente hace que hablemos distinto cuando estamos "ligando" o cuando compramos en el mercado. El lenguaje refleja nuestra visión, nos marca. 

Descifrar la combinación de la Caja

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Para algunos es una cuestión de finanzas. Quizá de una "Caja" que consume demasiados recursos, que debería comenzar a funcionar como una empresa privada para evitar sus crisis; algo de costos y beneficios. Quizá que con recortar gastos y mejorar los ingresos se resuelve todo el asunto.

Pero para mí es una cuestión de derechos humanos. Que mi madre reciba más que la indiferencia del médico, quien no le manda exámenes que no se puede pagar por afuera. Que cada vez que salgo para la U a las 6 am no tenga que haber una fila de señoras que corren el riesgo de quedarse sin campo. Que las citas para radiología no sean para dentro de 3 años. Para mí, es una cuestión de solidaridad, de universalidad y de un modelo de Estado que no se queda de brazos cruzados ante el posible panorama del simple y llano lucro, en el mejor de los casos con la salud; en el peor, con la enfermedad. Se trata de una crisis profunda (originada en el mismo Estado) que se soluciona con diferentes medidas en el plano político, en el de la gestión institucional, en el de los servicios y, por supuesto, en el financiero.